dissabte, 12 de maig de 2012

Entrevista a Jorge Gamero, autor de 'Simón, no; Saimon'





“Simón, no; Saimon” es una novela juvenil que bien podría interesar al público adulto vinculado, directa o indirectamente, con la educación de niños y adolescentes.

De la lectura de tu novela se desprende que conoces en profundidad la educación secundaria y los conflictos que predominan. ¿Cuál es tu relación con las aulas?

Llevo veintidós años vinculado a la educación, concretamente a la etapa de secundaria. Primero fui profesor de extranjeros y de COU durante cuatro años, después como delegado de ventas de la editorial Santillana, estuve quince años más visitando institutos y ahora ya, desde hace tres, soy jefe de producto de enseñanzas medias. Desde el departamento de ediciones, sigo estrechamente relacionado en una vertiente más de investigación y de gestión editorial. En definitiva, son veintidós años entre profesores y alumnos de secundaria.

Saimon es uno de tantos chicos cuyas familias, que a menudo atraviesan problemas de gravedad, no consiguen controlar ni sus actos ni sus emociones. ¿Cómo definirías a Saimon?

Como un fabricante de miedos víctima a su vez de su propio miedo.
Saimon es el típico caso de chico conflictivo sobre el que los más allegados, empezando por la madre, se hace ese comentario atenuante de: “en el fondo, no es mal chico”. Saimon está perdido y se equivoca, no es capaz de abstraerse de unos medios de comunicación, de una sociedad que tira por tierra el sistema de valores y sobre todo, de un padre que lo maltrata y lo desprecia. El sistema educativo, no siempre eficaz con algunos casos de necesidades específicas tampoco le ayuda todo lo necesario. De todos modos, la labor de un mediador de conflictos, el amor adolescente y su inteligencia natural le ayudan a mejorar su conducta.

Ángel es el profesor más directamente afectado por el comportamiento de un chico que, a falta de otros recursos, se ensaña con el que se le antoja más débil. ¿Por qué Ángel pasa por momentos tan difíciles y no les sucede lo mismo a otros compañeros de profesión?

Por la misma razón que en cualquier otro ámbito profesional y de la sociedad, unas personas llevan mejor y aprenden a superar las adversidades mientras que a otros les cuesta más. En la enseñanza, yo diría que hay un perfil de profesor más vulnerable a los conflictos, a la pérdida de prestigio social, al descenso del nivel de los planes de estudios y de los alumnos; y otros que son los que “tiran del carro”, los que suplen con creatividad, ilusión y fe en su profesión todo ese clima adverso.

En tu novela el claustro de profesores acusa las dificultades para mantener la disciplina, el interés y la confianza en las propias posibilidades. ¿Crees que se trata de una situación generalizada?

Hablar de una situación generalizada quizás resulte catastrofista. Digamos que se trata de una situación habitual sin olvidar que, al mismo tiempo también es habitual que en los mismos centros haya chicos que muestran interés y llevan un seguimiento académico como mínimo, normal. Lo que ocurre es que la indisciplina, el fracaso escolar y el desánimo de los docentes han ido en aumento desde la LOGSE hasta aquí y ese es el problema que nos debemos plantear.

¿Qué aconsejarías a un profesor novato?

Para empezar, al que quiere serlo le aconsejaría que tuviera clara su vocación, sin la cual es imposible el ejercicio de la profesión hoy día.
Al novato, le aconsejaría sobre todo disciplina, compromiso y mucho diálogo con las familias, más si cabe si alguna vez es tutor. Marcar los límites a los alumnos desde el primer día, no querer ir de falso colega sin haberse ganado antes el respeto. No olvidar que su obligación es fundamentalmente enseñar, no educar. Educar es una obligación de las familias. Lo que ocurre es que la frontera entre una cosa y otra es algo difusa. Si un profesor, después de enseñar unos contenidos, puede sumar a su trabajo esa faceta educativa, está bien, es bueno, un valor añadido, pero no hay que invertir los términos nunca.


¿Confías en la figura del mediador como ayuda eficaz en la resolución de problemas?

No solo confío en ella sino que la considero imprescindible. En centros especialmente difíciles, la figura del mediador puede ser más importante incluso que la del propio director.

Y para acabar. ¿Cuáles son, a tu juicio, los tres problemas más acuciantes de nuestro sistema educativo?

Es una pregunta muy difícil y que daría para todo un discurso, el mismo que vemos a diario en medios de comunicación especializados. No sabría ponerlos en un orden de prioridad pero por mencionar tres, empezaría por el problema financiero ahora que el gobierno actual del PP acaba de anunciar una reducción de cerca de 3.000 millones de euros en el presupuesto de educación. Esto es algo a mi modo de ver muy grave y que pasará factura en el futuro. Las clases más desfavorecidas van a tener menos oportunidades y un descenso en la calidad de los medios que van a recibir, cosa que no ocurrirá con aquellas que pueden acceder a la enseñanza privada. Todo lo que no se invierta en la educación de nuestros jóvenes, tendrá un retorno trágico: una sociedad menos preparada y empobrecida culturalmente y por lo tanto, una merma del sistema productivo.

El segundo problema sería el de unos medios de comunicación que chocan frontalmente con la cultura del trabajo y del esfuerzo. Por lo general transmiten la cultura del éxito fácil a cualquier precio. Los chicos, como Saimon, a menudo sacan una triste conclusión: si algunos se hacen famosos y ganan dinero sin demostrar una preparación y aptitudes culturales, para qué nos vamos a matar a estudiar…

Y en tercer lugar situaría otro problema no menos grave como es el de la progresiva relajación de las familias que delegan sus responsabilidades educativas en los centros educativos. Es un tema social muy complejo, que tiene que ver con el afortunado y necesario acceso, cada vez mayor, de la mujer al mercado laboral, con la carestía de la vida, con la falsa convicción de que un sistema educativo gratuito y universal, lo que fue un logro desde la transición, permite a los padres “exigir” unos resultados etc.… cuando lo que realmente ha ocurrido es que las familias cada vez pueden dedicar menos tiempo al seguimiento educativo de sus hijos. Lógicamente es muy difícil generalizar pero creo que esto es lo que está ocurriendo y a menudo tampoco depende de la clase social de las familias. En mi generación, los padres respetaban la autoridad de los profesores, ahora, lo que hacen es “pedirles cuentas” si sus hijos no van bien, aunque en casa, hayan invertido un montón de horas en jugar a la play station y pocas, o ninguna, al estudio.

Empar Fernández


Autor Jorge Gamero
Editor Alfaguara infantil
Fecha de publicación marzo 2012
Colección Infantil juvenil
ISBN 9788420411347
Páginas 192

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