En Te juro que estoy bien, Claudia Romera Moya explora el vacío que puede esconderse detrás del éxito profesional, las presiones sociales y la necesidad constante de aparentar felicidad. Con humor, ironía y una mirada muy humana, la autora construye una historia sobre identidad, herencias familiares, relaciones y el difícil equilibrio entre la vida personal y laboral. Hablamos con ella sobre el origen de la novela, la realidad de muchas mujeres en entornos de poder y la importancia de parar para preguntarse si la vida que vivimos realmente nos pertenece.
Claudia, bienvenida. Lo primero: el título de tu novela tiene algo muy potente porque todos hemos dicho alguna vez “te juro que estoy bien” cuando claramente no era verdad. ¿Cómo nace ese título?
Muchísimas gracias. Pues precisamente nace de ahí, de esa necesidad casi automática que tenemos de protegernos emocionalmente. Vivimos en una sociedad donde parece que siempre tenemos que demostrar fortaleza, productividad, equilibrio, éxito… y cuando alguien nos pregunta cómo estamos, muchas veces respondemos “bien” sin ni siquiera pensarlo. Es una respuesta defensiva. La protagonista vive exactamente eso: aparenta estabilidad, éxito y control, pero por dentro está completamente desconectada de sí misma. Me interesaba mucho explorar esa contradicción entre la imagen que proyectamos y la realidad emocional que vivimos. Porque creo que hoy todos, en mayor o menor medida, estamos interpretando un personaje frente al mundo.
La novela mezcla humor, crítica social y mucha reflexión emocional. ¿Era importante para ti equilibrar esos tonos?
Sí, muchísimo. Yo no quería escribir un drama oscuro ni una novela excesivamente solemne. La vida ya es bastante dura como para encima contarla sin humor. Creo profundamente que el humor salva, incluso en situaciones complicadas. A veces las personas más rotas son también las más irónicas. Además, el humor permite que el lector entre en temas complejos sin sentirse atacado o saturado. Puedes hablar del vacío existencial, de la ansiedad, del fracaso, de las relaciones tóxicas o de la presión laboral, pero si lo haces desde una cierta ironía, el lector conecta de otra manera. Para mí era importante que quien leyera la novela pudiera reírse y reflexionar al mismo tiempo.
La protagonista tiene una vida aparentemente perfecta: éxito profesional, reconocimiento, estabilidad… pero siente un vacío enorme. ¿Crees que eso es algo generacional?
Totalmente. Creo que muchas personas de nuestra generación han crecido siguiendo un modelo muy concreto de éxito: estudiar, trabajar muchísimo, ascender, producir, competir, demostrar constantemente que vales. Nos enseñaron que si conseguíamos determinadas metas íbamos a sentirnos realizados. Pero muchas veces llegas allí y descubres que sigues sintiéndote perdido. Entonces aparece una pregunta muy incómoda: “¿Esto era todo?”. Y esa pregunta da miedo porque implica revisar decisiones, relaciones, prioridades y hasta tu propia identidad. La protagonista empieza la novela precisamente en ese punto. Se da cuenta de que ha construido una vida que quizá funciona desde fuera, pero que no la representa realmente.
También haces una crítica muy interesante al entorno laboral y especialmente al papel de la mujer en espacios de poder.
Sí. Porque aunque hemos avanzado muchísimo, todavía existen dinámicas muy masculinizadas en muchos sectores profesionales. Muchas mujeres sienten que para ser tomadas en serio deben endurecerse, competir de una forma determinada o esconder ciertas emociones. Y lo más complicado es que muchas veces ni siquiera eres consciente de que lo estás haciendo. Simplemente te adaptas para sobrevivir en determinados entornos. Yo quería reflejar esa tensión interna: qué pasa cuando llevas tantos años intentando encajar en estructuras ajenas que acabas perdiendo contacto contigo misma. La protagonista vive eso constantemente. Tiene éxito, sí, pero el precio emocional que paga es enorme.
¿Dirías que hay mucho de ti en la protagonista?
Hay emociones y reflexiones muy personales, claro. No es una autobiografía, pero sí hay experiencias, preguntas y sensaciones que yo he vivido. Creo que todos los escritores dejamos partes de nosotros en los personajes aunque no queramos. Además, escribir esta novela fue también una forma de ordenar pensamientos. No desde la intención de dar lecciones, sino desde la necesidad de explorar temas que me interesan profundamente: la identidad, la presión social, el cansancio emocional, la autoexigencia… La ficción te permite exagerar, jugar, deformar la realidad y al mismo tiempo llegar a verdades muy profundas.
Uno de los temas centrales del libro es el concepto de “herencias familiares”. ¿A qué te refieres exactamente?
A todas esas cosas invisibles que heredamos sin cuestionarlas: creencias, miedos, formas de amar, maneras de relacionarnos con el éxito, con el dinero, con el trabajo o incluso con el sufrimiento. Muchas veces pensamos que tomamos decisiones libres, pero en realidad estamos reproduciendo patrones familiares o sociales muy antiguos. La protagonista empieza a darse cuenta de que muchas de las cosas que persigue ni siquiera las eligió conscientemente. Y eso le genera una crisis enorme. Creo que entender nuestras herencias emocionales es uno de los trabajos más difíciles que existen.
En la novela aparecen varios personajes narrando la misma realidad desde perspectivas distintas. ¿Por qué elegiste esa estructura?
Claudia: Porque me obsesiona la idea de que nadie tiene la verdad absoluta. Dos personas pueden vivir exactamente la misma situación y recordarla de formas completamente diferentes. Vivimos en una época donde todo el mundo opina con muchísima seguridad, pero la realidad es mucho más compleja. Quería mostrar justamente eso: que cada personaje interpreta el mundo desde sus heridas, sus deseos y sus limitaciones. Además, me parecía interesante que el lector tuviera libertad para decidir con quién empatiza más.
Hay también una reflexión importante sobre las redes sociales y la necesidad constante de aparentar felicidad.
Sí, porque vivimos completamente expuestos. Todo el tiempo estamos mostrando versiones editadas de nosotros mismos. Y eso genera una desconexión enorme con la realidad. Nos acostumbramos tanto a actuar para los demás que a veces dejamos de preguntarnos qué sentimos realmente. Creo que las redes han amplificado muchísimo esa necesidad de validación externa. La protagonista vive atrapada en esa dinámica: necesita sostener una imagen de mujer exitosa y fuerte aunque por dentro esté agotada. Y creo que muchísima gente puede reconocerse ahí.
El amor también ocupa un lugar importante en la historia. ¿Qué querías contar sobre las relaciones?
Que amar requiere tiempo, presencia y energía emocional. Y cuando una persona vive completamente absorbida por el trabajo o por la necesidad de rendir constantemente, las relaciones inevitablemente se resienten. Vivimos en una cultura que premia muchísimo la productividad, pero muy poco el cuidado emocional. Entonces acabamos llegando agotados a nuestros vínculos. La novela habla mucho de eso: de cómo el éxito profesional no garantiza estabilidad emocional ni afectiva.
¿Crees que actualmente existe una obsesión con el crecimiento personal?
Sí, aunque tampoco quería ridiculizarlo. Yo creo que el crecimiento personal puede ser muy útil y muy necesario. El problema aparece cuando se convierte en otra forma de exigencia. Ahora parece que también tenemos que sanar perfectamente, meditar perfectamente, gestionar perfectamente nuestras emociones… y eso también puede ser agotador. Cada persona necesita herramientas distintas. No existe una receta universal para estar bien. Y creo que aceptar eso es mucho más sano que intentar encontrar soluciones mágicas.
¿Por qué decidiste escribir ficción en lugar de un ensayo?
Porque la ficción emociona de una manera distinta. A mí me interesan las historias humanas. No quería escribir un manual ni posicionarme como alguien que tiene respuestas. Todo lo contrario: quería compartir preguntas. Además, la novela permite explorar contradicciones sin necesidad de resolverlas completamente. Y eso me parece mucho más honesto.
Tú trabajaste en entornos de muchísima presión profesional, incluso vinculados al mundo del fútbol y grandes organizaciones. ¿Cómo influye eso en tu escritura?
Muchísimo. Son entornos muy intensos, donde todo ocurre rapidísimo y donde la presión nunca desaparece. Aprendes mucho, claro, pero también pagas un precio emocional importante En ciertos momentos vives tan acelerado que pierdes completamente la capacidad de escucharte. Y creo que muchas personas que trabajan en grandes empresas o sectores competitivos entenderán perfectamente esa sensación.
¿Qué te gustaría que sintiera el lector al terminar la novela?
Me gustaría que se sintiera acompañado. Que entendiera que está bien cuestionarse cosas, sentirse perdido a veces o darse cuenta de que necesita cambiar aspectos de su vida. Y también me gustaría que el lector se divirtiera. Porque al final la novela tiene muchísimo humor y bastante locura. No quería hacer algo pesado ni moralista. Si alguien termina el libro reflexionando un poco sobre quién es realmente y qué vida quiere vivir, yo ya me doy por satisfecha.
Para terminar, si tuvieras que resumir el mensaje de Te juro que estoy bien en una sola frase, ¿cuál sería?
Diría que a veces la vida empieza de verdad cuando dejamos de fingir que todo está bien.
Xavier Borrell
Claudia Romera Moya
Editorial: Espasa
ISBN: 9788467079852
Idioma: Castellano
Número de páginas: 336
Año de edición: 2026
Colección: Espasa Narrativa






