Alfred, en su libro quiere romper algunos mitos y propone recuperar la alegría desde una perspectiva neurobiológica y espiritual. ¿Qué necesitamos para volver a sentirnos alegres?
Lo primero que necesita el cerebro es seguridad. Cuando estamos en modo de alarma o de supervivencia, los músculos se tensan y el corazón late más rápidamente. En esas condiciones, la alegría no puede surgir con facilidad.
Hay otra cuestión fundamental: la vinculación. Dos necesidades constitutivas del ser humano son la pertenencia y la autonomía. Nuestro cerebro es social y relacional, necesita mantener buenas relaciones con los demás.
Pero quiero subrayar algo: no se trata de tener 15.000 amigos en Facebook. Lo importante es la presencia, el cara a cara, la conversación personal. Eso es lo que nos llena de entusiasmo.
También el entusiasmo es un auténtico abono para el cerebro. Una persona que sabe entusiasmarse fortalece las prolongaciones de sus neuronas y las conexiones entre ellas.
Y no podemos olvidar el ejercicio físico. Cada vez existen más publicaciones sobre su importancia. Necesitamos movernos, porque el cuerpo está unido al cerebro a través de millones de fibras nerviosas, y lo que sucede en nuestro cuerpo repercute en el cerebro. Con el ejercicio se producen endorfinas, el factor de crecimiento neurotrófico y procesos relacionados con la plasticidad cerebral.
La neuroplasticidad es algo que siempre me ha apasionado: significa que nunca es tarde. Siempre podemos aprender cosas nuevas.
Buscar una vida mejor está muy bien, pero quizá muchas personas ya tienen motivos para ser felices y no saben reconocerlos. ¿Cómo podemos recuperar esa capacidad de disfrutar de lo que tenemos?
Es importantísimo recuperar la capacidad de asombrarse. Lo vemos en los niños pequeños, que descubren el mundo con una enorme curiosidad. Un niño de cuatro o cinco años puede pasear por un jardín y maravillarse con el agua, las plantas o cualquier pequeño descubrimiento. Está lleno de alegría.
Sin embargo, con el paso del tiempo, ese asombro puede quedar tapado. Por eso tenemos que recuperarlo.
No debemos convertirnos en personas que simplemente funcionan y cumplen una serie de obligaciones. Si nos limitamos a eso, podemos terminar viviendo una vida bastante vacía. Lo ideal es entusiasmarse desde dentro con las cosas que hacemos, aunque reconozco que a veces es un reto.
¿Y cómo podemos afrontar la vida cuando nos encontramos mal o tenemos un problema? ¿Existe siempre un lugar desde el que mirar de manera positiva?
Exactamente. Lo importante es el sentido de la vida. Una persona que encuentra sentido en lo que hace, que disfruta de su trabajo y se implica plenamente, es una persona que vive con mayor satisfacción.
A mí me parece muy importante el verbo español disfrutar. Saber disfrutar de la vida. Y eso no significa adoptar una actitud pasiva. La pasividad es de lo peor para el cerebro.
Debemos plantearnos nuevas metas y preguntarnos cuál es el título del libro de nuestra vida: qué es lo que realmente nos mueve.
Por ejemplo, BMW tiene el lema Freude am Fahren, que significa «el placer de conducir», mientras que Boeing utiliza Bringing People Together, «uniendo a las personas». No están hablando únicamente de un producto, sino de una experiencia, de algo que puede aportar sentido y alegría.
Tenemos que descubrir ese sentido profundo en lo que hacemos.
Esto también lo explicaba el gran psiquiatra vienés Viktor Frankl, a quien tuve la suerte de conocer en Alemania. Frankl pasó por varios campos de concentración y tuvo una vida muy dura, pero encontró una forma de superar aquellas circunstancias a través del sentido.
En los campos, por ejemplo, podía ocurrir que una persona perdiera la esperanza y quisiera abandonar. Pero el recuerdo de un hijo, el deseo de volver a verlo y la responsabilidad hacia alguien podían darle una razón para seguir adelante. El ser humano puede hacer mucho dependiendo de cómo enfoque las cosas y de cómo afronte las dificultades del día a día.
Por eso, no se trata de alcanzar un estado permanente, sino de diseñar continuamente un proceso. La persona que mejor se adapta a las situaciones que le presenta la vida es, desde el punto de vista neurobiológico, la que puede vivir con mayor felicidad.
También defiende la importancia de salir a la calle, relacionarnos, participar en actividades y ayudar a los demás. ¿Hasta qué punto hacer el bien a otras personas nos ayuda a nosotros mismos?
Lo que acabas de decir está relacionado con la actitud prosocial. Una persona que actúa pensando también en el bienestar de los demás puede obtener beneficios para su propia salud.
Existen investigaciones que muestran cómo las conductas prosociales se relacionan con procesos biológicos favorables. Es algo muy interesante: ayudar a los demás no solo puede beneficiar a quien recibe la ayuda, sino también a quien la ofrece.
En tu libro hablas de encontrar el título del libro de nuestra vida. Pero también me gustaría preguntarte por la importancia de la cultura. ¿Recomendarías leer, ver series, acercarse a las bibliotecas y descubrir historias nuevas?
Por supuesto. De hecho, el último capítulo de Cómo recuperar la alegría lo dedico a la lectura y al gran bien que puede hacer.
Leer nos ayuda a desarrollar la empatía. Podemos introducirnos en la vida de personajes del siglo XVIII o del XIX, conocer sus circunstancias y comprender otras formas de pensar y de vivir. Eso nos hace mucho bien.
He leído sobre un caso que explica la neurobióloga estadounidense Marian Walsh. Se trata de una adolescente que sufría una enfermedad pulmonar muy grave. La joven preguntó al director de un teatro si podía actuar, y le ofrecieron el papel de Julieta en Romeo y Julieta, de Shakespeare.
La experiencia fue tan intensa que la joven se identificó profundamente con el personaje. Según el relato, aquello tuvo efectos muy positivos en su estado de salud y la llevó a estudiar artes escénicas y medicina.
Es un ejemplo de cómo el entusiasmo y la implicación emocional pueden influir en nuestra experiencia. Cuando una persona disfruta de lo que hace y se identifica con ello, puede producirse algo extraordinario.
La lectura nos permite vivir experiencias similares. Podemos entrar en otros siglos, conocer otras vidas y alimentarnos de historias que nos aporten algo de verdad.
En una sociedad cada vez más digital, ¿estamos perdiendo la importancia de las relaciones personales y de las conversaciones cara a cara?
Una buena conversación es fundamental. Hoy en día muchas personas sufren lo que podríamos llamar una soledad digital.
Cuando alguien vive únicamente en el mundo digital, se está perdiendo una parte importante de las relaciones humanas. Es como la diferencia entre comer unas patatas fritas y disfrutar de un buen solomillo.
Cuando estoy delante de un chico o de una chica y le doy un abrazo, la experiencia es diferente a la de recibir únicamente un abrazo digital. El contacto físico, la presencia y la relación directa tienen un valor que no podemos sustituir completamente por las pantallas.
Cada persona puede encontrar su propia forma de disfrutar: desde el heavy metal hasta los clásicos de Grecia, pasando por hacer castells, como hacemos aquí en Cubelles. ¿Es importante descubrir aquello que nos apasiona?
Exactamente. Me encanta que lo digas. Como alemán, soy un apasionado de los griegos y de la Grecia clásica.
Heráclito de Éfeso decía que todo fluye, que todo cambia. Y la vida es así. Por eso, insisto en que la persona que mejor consigue adaptarse a las situaciones diarias es la que puede avanzar con mayor alegría.
También Goethe, Johann Wolfgang von Goethe, hablaba de la necesidad de transformarse. Hay que aprender a dejar atrás determinadas situaciones para poder seguir viviendo.
Debemos adaptarnos a las circunstancias, avanzar con alegría, con buen humor y haciendo el bien a los demás, como decías antes, desde una actitud prosocial.
Xavier Borrell
Alfred Sonnenfeld
Editorial: Espasa
ISBN: 9788467082814
Idioma: Castellano
Número de páginas: 184
Año de edición: 2026
Colección: Espasa Crecimiento Personal






