dilluns, 31 d’agost de 2020

'El Rey Perdido' - Jeff Noon

Fan es un acortamiento de fanático. Según la RAE: “que defiende una creencia o una opinión con pasión exagerada y sin respetar las creencias y opiniones de los demás

El 25 de agosto de 1974, el cantante y estrella del glam rock Lucas Bell, más conocido como El Rey Perdido aparece muerto en el asiento del copiloto de su propio coche. Un suicidio es lo más probable.

Siete años después, en 1981, uno de sus más devotos fans, Brendan Clarke, de 26 años, actúa junto a su banda tributo Monsoon Monsoon en un show impecable, copia exacta del último que Bell había ofrecido en el Rainbow de Finsbury Park cuando este contaba exactamente con 26 años.

A la mañana siguiente del show, Clarke es encontrado muerto en su casa con evidentes signos de violencia y con una máscara dibujada en su rostro. La máscara que Bell creó para convertirse en El Rey Perdido.

1981 fue un año duro en Inglaterra. No solo era un país sombrío gobernado con mano de hierro por Margaret Thatcher donde la tasa de paro alcanzaba casi el 10% de la población, sino que la alta criminalidad, las carencias de servicios sociales y los profundos problemas económico sociales tenían a la población alerta. Brixton, al sur de Londres fue una prueba de fuego. La Operación Swamp 81 a principios de abril tenía el propósito de reducir el crimen en las calles. La aplicación severa de la Leyse Sospechosos que permitía a la policía parar y registrar a individuos por la mera sospecha que estén haciendo algo en un barrio donde predominaba la gente de color acabó con unos disturbios donde 279 policías acabaron heridos, 45 civiles, un centenar de vehículos quemados, incluyendo en este número 56 coches patrulla, 150edificios fueron dañados, 30 de ellos quemados y unas 5000 personas acabaron participando en los disturbios.

Disturbios que se repitieron durante los cuatro meses posteriores en Handsworth, Chapeltown yToxteth.

Henry Hobbes, 44 años, inspector de la policía estuvo en esos disturbios. Salió con vida gracias a su amigo y compañero el inspector Charlie Jenkes que literalmente lo arrastra a un callejón alejándolo de la turba que se le echaba encima.

Hobbes vio el odio en la cara de su amigo cuando este le ayudó a escapar. Pero jamás habría podido pensar ni en lo que su amigo acabaría haciendo ni las consecuencias tan dramáticas que tendrían sus actos.

En un sótano de un bar del Soho frecuentado por policías, unos cuantos de ellos acabaron dándole una paliza a un chico de color por el mero gusto de hacerlo. Entre ellos estaba Jenkes. Pero también Hobbes. Este último no duda en redactar todo lo ocurrido en el frío sótano y entregarlo a sus superiores. El comité disciplinario del cuerpo acaba sancionando a Jenkes y trasladando a Hobbes a una nueva comisaría, el odio de sus viejos colegas en la comisaría de Brixton pesa mucho, en Richmond Upon Thames. ¿Resultado? Jenkes aparece ahorcado en el garaje de su casa dejando viuda y una niña de 12 años y Hobbes se gana la fama de chivato y el odio de la mayor parte de sus compañeros.

Hobbes es el encargado desde su nuevo puesto de inspector en la nueva comisaría de esclarecer el asesinato de Brendan Clarke primero, Lucas Bell después, y por último el de su amigo y compañero Jenkes. No todo es lo que parece.

Jeff Noon (Droylsden, 1957) parece que alejado definitivamente de la ciencia ficción que le dio, no solo el éxito, sino el apodo del Philip K. Dick de los 90 (Vurt su primera novela, que acabó convirtiéndose en una tetralogía, de 1993, le supuso el premio Arthur C. Clarke) retoma la serie negra, que había iniciado con las historias del detective privado John Nyquist (este mismo año 2020 apareció la tercera entrega solo en su idioma original) crea un personaje sobrio, metódico, alejado de los cánones de policía corrupto, mujeriego y alcoholizado.

Junto a Hobbes nos encontramos al detective Tommy Fairfax, a la sargento Meg Latimer y al agente de policía Barlow, que deberán averiguar quién mató no solo a Clarke, sino también a BellJenkes y a todos los cadáveres que van apareciendo mientras la investigación se lleva a cabo.

La cantidad de coprotagonistas que acaban apareciendo el El Rey Perdido hará que todos y cada uno de ellos se tornen sospechosos. Desde la periodista Simone Paige, también ex amante de Lucas Bell y actual pareja de Clarke, hasta Nikki Hauser, teclista no solo de Monsoon Monsoon sino también teclista del grupo de Lucas Bell en los setenta. Pasando por Neville Briggs fotógrafo del propio BellMatthew Tate, batería de la banda de ClarkeToby Lear, representante de BellMorgan Yorke, una fan de Bell que no soporta que Clarke haya copiado a su ídolo o Andy Carlisle, dueño del Pleasure Palace, local donde Monsoon Monsoon ofrecen su último concierto. Sin contar a Bo Deslumbros, Dama Minerva, Dama Calibán, Genio Índigo, Luna Bloom y el propio Rey Perdido, apodos todos ellos de personas reales que en su adolescencia y sintiéndose desplazados por la sociedad crean, no solo un club de lectura con la bibliotecaria de su ciudad, Hastings, sino que se inventan La Ciudad del Edén, una ciudad donde pueden sentirse a salvo, pero donde también puede existir un asesino.

Noon teje una telaraña que acoge a todos los personajes de forma magistral, creando una tensión creciente que nos mantiene pegados hasta la última página. El autor desovilla la madeja de la trama con una facilidad pasmosa, que no sencillez, y poco a poco nos hace entrar, no solo en ese mundo policial de principios de los ochenta en Inglaterra, sino que también nos sumerge en el mundo de la música de mano de unos fans que son capaces de cualquier cosa por parecerse a su ídolo.

Los músicos pueden llegar a influir a sus fans de forma obsesiva. Es innegable que muchos de esos ídolos nos ayudaron en una etapa concreta de nuestra vida. Su música nos salvó cuando éramos más vulnerables. Pero si esa obsesión se mantiene durante toda nuestra vida ¿qué ocurre? ¿hasta dónde está dispuesto a llegar alguien para mantener viva la llama de un ídolo? ¿el sacrificio humano puede servir?

El Rey Perdido es una excelente novela negra, glam noir le llaman, con sus policías, sus muertos, sus asesinos y sus mujeres fatales, perfectamente estructurada y finalizada magistralmente, donde un capítulo tras otro nos sorprenden sus giros y donde intuimos tras su final que no será el único libro de la serie del inspector Hobbes, tan filósofo como su compatriota Thomas Hobbes.

La obra gustará a los amantes del noir ya que posee todos y cada uno de sus ítems y a los amantes de la música, no en vano Lucas Bell es un reflejo de David Bowie y su Ziggy Stardust, sino que La Ciudad del Edén, ese paraíso donde los jóvenes protagonistas se sentían a salvo untos, resulta muy parecido al Lypton Village, el grupo de amigos que junto a Bono, líder de U2, cambiaron sus nombres en su adolescencia en Finglas para poder escapar de los abusones y vivir en su propio mundo.

El Rey Perdido es una excelente obra para leer este verano mientras escuchamos esos viejos vinilos de BowieBolanSweetGitter o Slade.

SALVA G.

Título: El Rey Perdido

Autor: Jeff Noon

Traducción: V.M. García de Isusi

Editorial: RBA

Edición: 1ª edición, abril de 2020

Número de páginas: 459 pp.

I.S.B.N. 978-84-9187-395-2

dilluns, 3 d’agost de 2020

'El gueto interior' - Santiago H. Amigorena

El gueto interior, la última novela publicada en español del escritor y cineasta Santiago H. Amigorena (Buenos Aires, 1962) cuenta la historia de Vicente Rosenberg, abuelo del autor, un judío que en los años veinte abandonó Polonia dejando atrás a sus padres y hermanos para empezar una nueva vida en Buenos Aires, donde llegó tras pasar de Polonia a Amsterdam, de Amsterdam a París, de París a Budeos y de Burdeos finalmente a Buenos Aires, junto a Ariel Edelsohn, conocido como El Oso, amigo de la infancia en Varsovia de Vicente.

Allí se casó con Rosita, hija de un fabricante de muebles quien le montó una mueblería a Vicente y con la que se ganaba la vida. Tuvo tres hijos: Martha, Ercilia y Juan José.

Vicente vivía bien. Era feliz. Vivía sin preocupaciones aparentes: Hipódromo, casino, billares con sus amigos Sammy y Ariel, salidas con su mujer y los niños. Hasta el punto de que pocas veces contestaba las cartas de su madre que religiosamente esta le enviaba desde Varsovia.

Hasta el día en que la Segunda Guerra Mundial explota y los alemanes quieren controlar Europa.

Es cuando su madre, Gustawa Godwag deja de escribirle cartas cuando Vicente quiere recibirlas. Es a partir de ese instante cuando el silencio de su madre se hace real, cuando el propio Vicente se toma ese mismo silencio para él y su día a día, ahogando con él a todo el que le rodea, desde su mujer a sus amigos, pasando por sus trabajadores, su familia política o sus propios hijos.

Amigorena, escritor francés, pero argentino de alma (su pasión por el asado y el fútbol le hace más porteño que alguno de los porteños que viven en el gran Buenos Aires) pone voz a la historia de su abuelo, un personaje que ya existía gracias a Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957), su primo (el primero es hijo de Ercilia, el segundo de Martha, las hijas de Vicente) y que había presentado en Los abuelos (donde cuenta la vida de sus dos abuelos) y a quien tan solo dedica 20 páginas del libro y a Viqui Amigorena tía de ambos que lo hizo aparecer en Time street.

Pero es en El gueto interior donde Vicente es el absoluto protagonista y en donde su sufrimiento interior es más notable, hasta el punto de intentar suicidarse tras pasar años con un silencio culpable, lleno de arrepentimiento. Culpa por disfrutar de la vida en Buenos Aires mientras su familia: madre y hermano, siguen en Varsovia padeciendo el exterminio nazi; y arrepentimiento por no haber traído a su madre a Buenos Aires cuando pudo haberlo hecho.

Toda la historia la sacó Amigorena de las cartas que la madre de Vicente le enviaba a este desde Varsovia y que tenía su tía Martha guardadas en Buenos Aires. El resto es ficción, pero una ficción tan real que por momentos estremece, tanto o más que el conocer la conferencia Wannsee, las cámaras de gas móviles, el Proyecto Madagascar o temida “solución final”.


12,946 kilómetros separan a Vicente del horror, pero está tan presente en su mente que literalmente no puede vivir. Él, que ama a los poetas alemanes y a su lengua, que junto con el polaco, el yiddish y el español habla perfectamente.

El gueto interior es una más de las historias que La Shoah (el mal llamado Holocausto) dejó a su paso, contada desde dentro por alguien que aunque no lo vivió sí pudo revivirlo gracias a las cartas de una de sus protagonistas, donde nos encontramos el sufrimiento por el que pasó todo un pueblo, el judío, por el mero hecho de ser eso, simplemente judío. Un hecho, el mismo de ser, con el que nadie debería autodefinirse con una única palabra.

Una novela finalista a los tres grandes premios de la literatura francesa: el Goncourt, el Renaudot y el Médicis que atrapa desde su primera página y que no podemos soltar hasta esa última nota del traductor, el propio primo del autor, quien mientras traducía la novel recordó a aquel señor amable y cansado que le llevaba al cine a ver películas que seguro detestaba y que nos cuenta como si pidiera perdón, que tradujo al argentino porque es su lengua, la lengua de Santiago y la lengua de los protagonistas.

El gueto interior destila un recuerdo lacerante de una época en la vida de Vicente Rosenberg, un instante que según su propio autor se debería escribir de él no para recordar sino para olvidar de una vez por todas, así de duro resulta revivir ese oscuro pasado.

SALVA G.


Título: 
El gueto interior

Autor: Santiago H. Amigorena

Traducción: Martín Caparrós / Jordi Matín Lloret

Editorial: Random House / Edicions 62

Edición: 1ª edición, junio de 2020

Número de páginas: 156 / 184 pp.

I.S.B.N. 978-84-397-3715-5 / 978-84-2977-858-8

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