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| © Rachel Eliza Griffiths |
El escritor presenta 'La penúltima hora', un volumen de relatos marcado por la vejez, la muerte, lacensura y la fragilidad de la comunicación en un mundo cada vez más polarizado.
El encuentro no fue solo la presentación de un libro. Fue, más bien, una meditación pública sobre el tiempo, la fragilidad del lenguaje y el lugar de la literatura en un mundo que parece haber olvidado cómo escucharse.
Rushdie llegó para hablar de El penúltimo día, un volumen de relatos que él mismo describe como un “recorrido por toda una vida de escritura”. India, Inglaterra y Estados Unidos se cruzan en estas páginas como estaciones de una biografía literaria. No tanto un regreso al pasado como una mirada panorámica: el escritor observándose a sí mismo desde la altura de los años.
Desde la primera respuesta, la conversación giró hacia una preocupación central: la quiebra de la comunicación. “Vivimos un momento en el que hablamos la misma lengua y, aun así, no nos entendemos”, dijo. La imagen que propuso es inquietante: sociedades que se gritan desde orillas opuestas de un vacío. No es casual que uno de los relatos pueda leerse como una parábola sobre la libertad de expresión. Cuando el lenguaje deja de servir para el encuentro, parece decir Rushdie, se convierte en un síntoma de peligro.
La muerte planea sobre el libro, aunque sin solemnidad. A los 79 años, el autor explicó que ahora escribe sobre la vejez como antes lo hacía sobre la juventud, con la misma curiosidad narrativa. Lo que le interesa no es el final biológico, sino el artístico: cómo responden los creadores al último tramo de su obra. Beethoven componiendo desde la sordera, Goya pintando sus visiones negras, Picasso reinventándose cuando muchos ya lo daban por acabado. Entre la serenidad y la rabia, Rushdie sitúa la experiencia humana como un territorio ambiguo, donde ambas conviven.
La literatura, para él, no es un arma triunfal, pero tampoco un adorno. Puede ser resistencia, sí, aunque sobre todo es una forma de comprender. Citó a Orwell como ejemplo de cómo la ficción puede enseñarnos a pensar la opresión. No derriba regímenes, reconoció, pero abre grietas en el discurso único. Quizá por eso se mostró especialmente crítico con el avance de la censura en Estados Unidos, donde clásicos contemporáneos han sido retirados de escuelas y bibliotecas. La persecución de los libros le parece un síntoma del miedo a la imaginación.
Uno de los momentos más literarios de la charla llegó al hablar de Goya. Rushdie recordó su visita al Museo del Prado y el impacto de las Pinturas Negras: un artista que, expulsado de la corte y rodeado de sombras, pintó como si el mundo se estuviera cerrando sobre sí mismo. Vio ahí un eco del presente. No como cita cultural, sino como espejo: el arte volviendo sobre la oscuridad de su tiempo.
El libro se cierra con una frase desarmante: “Nuestras palabras nos fallan”. Rushdie no la entiende como una rendición, sino como una advertencia. Cuando el lenguaje ya no alcanza para tender puentes, algo esencial se rompe en la vida pública. La literatura, entonces, no salva, pero insiste. Construye pequeños mundos donde todavía es posible entenderse.
Lejos de pensar en la retirada, el autor habló del futuro con ironía. Quiere volver a la novela. Anunciar el final —dijo— es un privilegio del artista, pero también lo es cambiar de opinión. Quizá ahí esté la clave de El penúltimo día: escribir no como despedida, sino como una forma de seguir hablando cuando el mundo parece quedarse sin palabras.
Xavier Borrell
Salman Rushdie
Traductor: Luis Murillo Fort
Editorial: Random House
ISBN: 9788439746348
Idioma: Castellano
Número de páginas: 272
Año de edición: 2026
Colección: Random House


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