dilluns, 17 de juliol de 2017

'Este muerto está muy vivo' crónica de la XXX Semana Negra de Gijón por José Ramón Gómez Cabezas


Hay un cartel de tráfico, a la salida de Gijón, que todos los domingos últimos del festival actúa como resorte en mi cabeza mientras quemo carretera y subidas de termómetro hacia el sur. Me resulta casi inevitable. Hasta ese momento son vivencias, desde ese punto kilométrico reflexiones, balance. Llevo más de diez años acudiendo cada mes de Julio a Semana negra, cuadrando días en el trabajo y acumulando ganas desde el trimestre anterior. Confieso que en alguna ocasión, agotado o desilusionado por estas etapas ciclotímicas que tiene el escribir, me he propuesto no volver sabiendo que, como el castigo de la madre, no lo iba a cumplir. Y es que hablando de los padres, a ellos, siempre hay que respetarlos.

El sábado, en la carpa A quemarropa, Ángel de la calle y Alejandro Gallo presentaban a un autor que tras treinta años, evidentemente, no necesita presentación. José Luis muñoz estuvo allí, el sábado y probablemente otro sábado de hace treinta años, enamorando lectores y enamorándose de lectoras. Ahora, convaleciente de una operación de mácula, entrecerrando los ojos unos milímetros más y acentuando a la vez  las patas de gallo alrededor de la comisura de sus ojos, cuando saluda a tantos y tantos amigos recientes y de hace treinta años. Según contaron, Jorge Reverte estaba también así, o mejor dicho, peor, con piernas postizas, redondas y metalizadas. Y a Juan Madrid, otro de los padres, la puta vida ésta, también le pasó factura hacía unos meses, pero Juan no venía convaleciente, su pasado de boxeador le había sostenido ante el gancho en forma de ictus que le había intentado noquear. Y es que treinta años de trabajo duro son muchos años, al menos los suficientes como para haber llorado, reído, haberte cagado en todo lo vivo y resucitado tanto como tu experiencia te haya demostrado que era necesario.

Treinta años son muchos años también para discutir y convivir, para recibir dos mil quinientos autores y escucharlos a pesar de sus encantos y sus sombras en forma de ego, para  coordinar y presentarlos, para asegurar la seguridad de miles y miles de paisanos que al olor de la feria o el ruido de los cacharros se acercaron.

Por todo eso y por mucho más, a los padres, como mínimo, se les respeta, aunque no estés de acuerdo y pienses, por momentos, que son injustos, machistas o que chochean. Debemos dejar a un lado esa indolente prepotencia de nuestros primeros años y caer en la humildad del aprendizaje, para no repetir algunas cosas y para marcarse como objetivo el conseguir ese grado de convivencia en el que autores, lectores y amigos mantienen conversaciones que recordarás durante tiempo con una cerveza en la izquierda y en la otra una bolsa de libros.

A los padres, como mínimo, se les respeta, porque trabajaron como cabrones, para que el resto disfrutáramos, porque se equivocaron y quizás aprendieron, porque tuvieron más trastos que el caballo de Espartero para pedir avales personales, porque consiguieron lo que consiguieron durante treinta años, con ciclos muy buenos y otros ciclos sólo buenos. Porque nos sorprendieron y nos encabronaron, en determinados momentos, a la vez. Porque lo hicieron y lo seguirán haciendo y aunque la mayoría nos confesamos republicanos, el rey no está muerto, así que, viva el rey.

 José Ramón Gómez Cabezas

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