dilluns, 9 de gener de 2012

Una Tormenta Inmóvil - François Sagan



Una Tormenta Inmóvil
François Sagan
Atico de los libros.
Traducción: José Miguel González Marcén
208 págs.
Noviembre de 2011
ISBN:978-­‐84-­‐938595-­‐7-­‐2


Françoise Sagan, fue un nombre habitando un cuerpo, una etiqueta, en realidad. Hija de empresarios acomodados, le llegó la fama demasiado pronto bajo un pseudónimo extraído del libro “En busca del Tiempo perdido” de Proust. A los dieciocho años escribió Bon Jour Tristesse, tal vez su obra más conocida por el público español, y la etiqueta se hizo leyenda.

Una chica terrible, bandera de la Nouvelle Vague que pasó su tiempo de tristeza en escándalo, de drogas en escándalos, de magníficos libros en escándalo. Hoy, con los aires que corren, habría quien la tacharía de frívola. A mí me parece que fue un corazón demasiado grande, un mundo demasiado pequeño.
Y de repente, este asombroso libro que nos presenta Ático de Los libros, un libro tan poco Sagan, y tal vez por eso mismo, tan cercano a ella.

Aquí no hay frivolidad gratuita más que en el decorado, costumbrista y necesario para que la trama pueda desarrollarse. Un olor penetrante a purpurina, ratafía, pero también a alcanfor, a guisado de legumbres, a cuadras y campos recién segados. Un mundo cerrado en sí mismo a principios del XIX francés, donde los aristócratas rurales todavía recuerdan con pavor las historias de guillotina de sus abuelos. En este escenario languidece el notario Lonmont, nuestra voz narrativa, nuestro primer protagonista. El pobre Nicolás. Eso es lo que me ha inspirado durante las pocas y densas páginas este pequeño y bien cuidado libro: Una profunda, humana y solidaria tristeza. Porque si hay algo desgarrador para el alma humana es el amor no correspondido. Y porque nada puede doler más que la cercana indiferencia (¿no es acaso eso la amistad que te brinda quien amas?, un pobre consuelo) de la bellísima Flora, medio inglesa, medio de Angulema, una mujer sin prejuicios (¿la propia Sagan?) excepto el peor de todos: ser fiel, hasta el final, al hombre a quien se ama. Aunque este no lo merezca.

Nicolás ama a Flora con un desespero rayano en la locura, con una intensidad enfermiza cercana a los románticos. Flora, el objeto de su amor lo sabe pero no puede corresponderle, ni siquiera lo pretende. Se limita a regalarle como dádivas, miradas, complicidades dolientes, cabalgadas juntos, y algún roce fortuito. Ella ama a otro, a un bardo hijo de campesinos, un hijo de los sanscoulottes, de los que nunca debieron levantar la cerviz contra su amos, el guapo, casi David de Miguel Ángel, Gildas (nombre de evocaciones heroicas griegas). Un joven que amando el amor no puede sino hacerla desgraciada, con el pobre Nicolás de testigo impotente.

Hasta aquí la trama versallesca, un poco a lo Madame Bovary.
Lo importante no es el desenlace, ni siquiera el exquisito gusto por la exactitud en el lenguaje de Sagan (que feliciten al traductor), no. A nadie le importa un desenlace que se entrevé apenas abierta la primera página. Importa este tratado del Amor, este manual del dolor más profundo y más hermoso que puede llegar a sentir un ser humano. Y como reconoce el propio notario de Angulema, todo es un viaje desde el enamoramiento hasta ese momento de éxtasis en el que pocos hombres pueden descubrir la gran verdad que encierra la vida:
 La verdadera felicidad no es del amado, sino del que ama, por encima de todo, incluso de sí mismo. Y siendo el perdedor de esta historia, este es el gran triunfo de Lonmont, el notario. Este es el regalo que nos hace François Sagan con “Una Tormenta inmóvil”
Sé que volveré a leer este libro más veces en mi vida. Es de los que se quedan.

Víctor del Arbol

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